lunes, 8 de marzo de 2010

Meditación del 8 de Marzo

Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura” (Números 13:31).


Subieron a investigar confiados en su propia capacidad, y ahora se muestra la verdadera motivación o la realidad de sus almas: no confiaban en Dios, sino en ellos mismos. Eso es idolatría: “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.” (v.31).

Dios nunca les dijo que haría esa obra con el poder de ellos, sino con el Suyo: “Y os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo Jehová” (Exodo 6:8).

Hubiese sido mejor examinar su propia debilidad y no investigar la fortaleza de sus enemigos. Su tarea debió ser confiar en la promesa divina. Si se hubiesen examinado, habrían visto su debilidad, hubieran doblado sus rodillas en oración para mortificar el corazón incrédulo.


Aprendamos que cuando medimos el éxito espiritual basados en nuestro propio poder, seremos vencidos antes de pelear. El que espera vencer el mal, no debiera apoyarse en su poder sino en la boca y mano de Dios, quien lo ha prometido y es poderoso para cumplirlo.

No tenemos fuerzas para luchar contra las obras de las tinieblas.

Cuántas veces hemos sido avergonzados por las debilidades de nuestro carácter moral o le hemos hecho daño a aquellos a quienes amamos.

Prometemos cambiar de carácter y no podemos.

Repetimos las mismas ofensas contra el prójimo; caemos en desespero y nos deprimimos.

No podemos luchar contra las obras de las tinieblas, la lucha es desigual. Somos como hormigas frente al poder de los demonios, pero si vemos el poder de Dios, entonces no seremos frustrados; la victoria estará de nuestra parte.

¡Oh si los hermanos viésemos esta realidad más a menudo! ¡Tendríamos menos problemas entre nosotros mismos!


Volvamos al punto: la incredulidad anula la razón y borra de la memoria las buenas experiencias que hemos tenido con Dios.

Los hijos de Israel olvidaron que los amalecitas eran mucho más fuertes que ellos, lo mismo que Faraón y su gente armada, y, sin embargo, el ejército de Israel destruyó los amalecitas con sólo Moisés mantener su mano levantada y los egipcios se ahogaron en el mar como plomo sumergido.

La incredulidad anula el buen pensar o razonamiento, porque hacer comparaciones es una facultad del buen juicio y ellos no pudieron comparar sus adversarios con otros, sino sólo con ellos mismos. O no pensaron, o estaban apoyados en su propia prudencia y capacidad.

La fe es el canal para traer a nuestro favor el poder de Dios, pero la incredulidad lo aleja. El reporte fue veraz: “El pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas” (v.28). Pero el miedo les hizo subestimar su propia fuerza, rebajó su propia estatura y agrandó al enemigo.

La desconfianza en Dios hace ver nuestros peligros más grandes de lo que son, nuestra ayuda más débil y, peor aún, predecimos una derrota más grande; y si el peligro es tan sólo una posibilidad, la vemos como si fuera algo seguro.

La desconfianza en Dios desfigura la realidad, somos vencidos antes de salir.

Pero si viéramos el poder de Dios, entonces no seríamos frustrados, la victoria estaría de nuestra parte. Amén.

P.Oscar Arocha, www.ibgracia.org

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