sábado, 31 de julio de 2010

Meditación del 31 de Julio

"Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Génesis 6:5).


El libro de Génesis o primer libro de Moisés es un libro de generalidades, no entra en los detalles particulares del mundo de entonces, y en este versículo se confirme ya que nos da un título general de la situación de maldad reinante en aquel entonces, aunque por el juicio que trajo tenemos idea de hasta dónde descendió el desenfreno de la naturaleza humana caída en pecado.

La corrupción natural o pecado es un principio de rebeldía contra Dios, el ser humano experimenta una fuerte e inexplicable aversión hacia lo divino pero disfruta lo pecaminoso. Los hijos de Adán están naturalmente dispuestos a escuchar lo que causa error, oír la voz de Satanás, como está escrito: "Sin embargo, en una o dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende" (Job 33:14).


Cuán a menudo los ojos físicos ciegan los ojos del entendimiento: "Y vio la mujer que el árbol prohibido era bueno para comer y que era agradable a los ojos" (Génesis 3:6).

El hombre nunca es más ciego a la realidad espiritual que cuando está mirando objetos más agradables a los sentidos carnales.

Demos un corto recorrido sobre Génesis 3:7-13 y veamos en el espejo de las Escrituras el cuadro de nuestra naturaleza en la vida de nuestros primeros padres, tan pronto como el pecado tomó gobierno de ellos.


Los hijos de Adán no tienen necesidad de ser enseñados a coser hojas de higuera para cubrir su desnudez o vergüenza: "Y fueron abiertos los ojos de ambos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron ceñidores" (v.7).

Cuando se arruinen a sí mismos y cometan actos vergonzosos, buscarán ayuda en ellos mismos y por ellos mismos. Harán cualquier esfuerzo para cubrir la vergüenza o culpa de sus pecados con métodos naturales y auto-engaño. Tratarán de cubrir la culpa de sus conciencias con música y colores. Ninguno buscará cubrir sus pecados con la sangre del Cordero de Dios, la piel del sacrificio.


Los hijos de Adán siguen el mismo ejemplo de sus padres, escondiéndose de la presencia de Dios: "Cuando oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el jardín en el fresco del día, el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del jardín"(Génesis 3:8).

Somos tan ciegos que trataremos de escondernos de Dios entre las sombras de los árboles. Nos prometemos seguridad en los pecados secretos: "El ojo del adulterio está aguardando la noche, diciendo: No me verá nadie" (Job 24:15).

Los hombres harán en secreto lo que se avergonzarían hacer delante de un niño, como si la oscuridad pudiera esconder de los ojos de Dios, tienen a Dios por mortal, como si él viera igual que los hombres.


Descuidamos la comunión con Dios y somos adversos a ella.

En toda buena comunión de los hombres con Dios, él siempre dará el primer paso. Cuán lentos somos para confesar pecado y tomar la culpa y vergüenza para sí: "El respondió: Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo. Por eso me escondí" (Génesis 3:10).

Adán confesó su desnudez, innegable de tan obvia, pero no dijo una palabra de su pecado. Será natural tratar de esconder el pecado, siempre que se pueda, por eso es que "Dios juzgará los secretos de los hombres" (Romanos 2:16).

Los ladrones se considerarán como honrados mientras les parezca que nadie pueda demostrar su maldad.


Además, nos resulta natural transferir a otros la culpa de nuestros pecados.

Adán culpó a la mujer, y la mujer a la serpiente: "El hombre respondió: La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Por qué has hecho esto? La mujer dijo: La serpiente me engañó, y comí" (Génesis 3:12-13).

Ningún ser humano necesita que le enseñen esta táctica infernal. Echarán la culpa sobre Dios mismo y su providencia, llamarán mala suerte a los frutos de su pecado como si la desgracia fuera algo extraño que ellos por "su pureza" no se merecen.


Nótese el hablar de Adán, "la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí." Primero se defiende de la culpa y luego confiesa su falta.

Su defensa es larga, pero su confesión es corta "yo comí". La mujer fue mas breve aún: "comí" (v.13).
Observe la astucia de la maldad: "la mujer que me diste", preciso en señalar con lujo de detalle como para no equivocarse ¡cuando había una sola mujer en toda la creación! Diciendo "tu regaló me arruinó". Y para acentuar el sentido de echarle la culpa a Dios el hombre dijo: "La que me diste por compañera", cuando pudo decir simplemente "ella me dio".

En defenderse lo extendió, en confesar lo acortó. Bien dice Salomón: "La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón" (Proverbios 19:3).


Pero ante todo esto hay un poderoso y eterno remedio:

"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Romanos 5:1).

Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

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