martes, 27 de julio de 2010

Meditación del 27 de Julio

"Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores" (Isaías 53:12).


Repartir despojos es resultado de una conquista segura, real y aplastante; de destrucción total del enemigo.

Cuando los hijos de Israel estuvieron próximos a entrar en la tierra prometida, se les señalaron siete reyes a vencer: "Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra a la cual entrarás para tomarla en posesión, y hayas expulsado de delante de ti a muchas naciones (heteos, gergeseos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos: siete naciones mayores y mas fuertes que tú)" (Deuteronomio 7:1). El poder de los enemigos de Israel magnificó el poder del Dios de Israel.

De manera semejante es con las conquistas de nuestro Salvador.


Consideremos
más particularmente algunos enemigos:

(1) El diablo, un poderoso adversario. Causa gran turbación a los hijos de Dios, acusa, los solicita al mal, llena sus almas de inquietudes y temores, malos pensamientos, y los condena. No debiéramos olvidar que Dios lo ha condenado a él por condenarte a ti.

A veces el diablo solicita al pecado, inyecta pensar carnal y provocante; pero es divinamente reprendido: "Y dijo el Señor a Satanás: El Señor te reprenda, oh Satanás" (Zacarías 3:2). Hay gracia para chequearlo y oponerse al mal.

Por mucho tiempo mantuvo el mundo bajo ignorancia y tinieblas, pero ahora: "El príncipe de este mundo será echado fuera" (Juan 12:31). Cristo venció y nos ha hecho partícipes de Su victoria. Por tanto Satanás es nuestro enemigo.


(2) La ley fue un enemigo. Cuán consolador es poder decir fue, significando que ya no lo es. Cristo suprimió el poder que la ley tenía contra nosotros para condenarnos, nos impedía ser aceptos delante de Dios, nos ataba a la ira divina y a una obediencia tal que no podíamos cumplir frente a Dios: "Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz" (Colosenses 2:14). Todos éramos presa de la ley hasta que Cristo se levantó y tomó nuestra causa en su cuerpo aboliendo la enemistad. Ahora la ley es nuestra aliada, un medio para santificarnos, no una causa que nos impida: "No éramos bajo la ley, sino bajo la gracia" (
Romanos 6:14).


(3) La muerte y el infierno. De todos nuestros enemigos, estos son los mas potentes y severos, aunque vencidos por Cristo. Nuestro Salvador, conquistando la ley, necesariamente conquista la muerte: "Porque el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley
.. y luego agrega: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón" (1 Corintios 15:54-56). La muerte destruida y llevada a nada.

Por Cristo, la muerte es hecha amiga, como Aman sirvió aMardoqueo. La sentencia divina le puso este sello: "Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego" (Apocalipsis 20:14). Cuán consolador es saber esto para quienes tenemos interés en Cristo, y saber que Cristo tiene las llaves de la muerte y del infierno.


(4) La carne. La corrupción de nuestra naturaleza es un enemigo en nuestro propio pecho, nos insinúa el mal con deseos placenteros: "La mente natural es enemistad contra Dios" (
Romanos 8:17). La carne es un problema continuo para un corazón que esté bajo la gracia.

Aunque la carne sea tan querida como nuestra propia piel, aun así es una espina en la carne a cualquier alma en la fe. Pero está escrito en la ley de la fe: "Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne" (Romanos 8:3). El pecado en tu carne está enraizado en tus deseos corruptos, pero está condenado y la sentencia será ejecutada: "La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio" (Mateo 12:20). Esto es, que El hará la cruz triunfante.


Por tanto, que tu comportamiento hacia Cristo sea siempre verle como el Gran Conquistador. A menudo, la turbación de nuestras almas viene porque perdemos esta victoriosa visión de nuestro Redentor: "El guarda las almas de sus santos, de mano de los impíos los libra" (Salmo 97:10). Aplica tu alma a este asunto y no permitas que se desate.

Cuán dulcemente podrá tu corazón razonar y argumentar así: Este es mi Cristo, este es el que murió por mí, pertenezco al lado de los vencedores.

Considera, pues, que Cristo es el Gran Conquistador.

Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

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