martes, 15 de junio de 2010

Meditación del 15 de Junio

"Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla" (Hebreos 13:4).


Castidad es el principal deber matrimonial de una pareja cristiana. Observa que el verso coloca la castidad como sinónimo del matrimonio, como si fuese la mayor aportación al mismo.

De ninguna manera este énfasis sería discriminador o injusto hacia la mujer. El apóstol coloca primero los deberes que abren camino a la castidad, y luego habla de los que preservan tal virtud: “Que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas” (Tito 3:4).

Semejante al hombre que ahorra con mucho esfuerzo para construir una casa y después que construye sigue trabajando para pagar los seguros de protección.


El Espíritu Santo nos instruye diciéndonos que la manera más segura de guardar la castidad es siendo una mujer cuidadora de su casa.

No que la mujer no deba salir, pues habrán muchas ocasiones legítimas en que será encontrada fuera del hogar, como los creyentes en general que tienen deberes de adoración publica, pero sus más frecuentes salidas han de ser obras de misericordia a pobres y enfermos.

La excepción confirma la regla general, no la contradice.


Si Dios manda a las esposas que sean cuidadoras de sus casas, luego entonces es condenable cuando se aburren sin causa y consideran estar en su casa como prisión en lugar de hogar. Quienes así piensen se ausentarán sin que haya razones que justifiquen, más bien puro capricho. Sus valores cristianos no estarían correctos porque el hogar no es una prisión sino el lugar más apropiado de la mujer. Son llamadas a ser ejecutivas, pero de los asuntos domésticos que den gloria a Cristo.


El Señor se deleita en preservar la unidad familiar, una de las cosas que más atenta contra el matrimonio es violar aquellos preceptos que El ha puesto.

"Cual ave que se va de su nido, tal es el hombre que se va de su lugar" (Proverbios 27:8). El lugar propio de una ave es su nido, los peligros se multiplican si lo abandona; los cazadores nunca o casi nunca cazan sus presas cuando están en el nido sino cuando lo han abandonado, Dios les restringe el corazón para que no las maten en su propios nidos. De manera semejante, cuando la mujer abandona el deber que Dios les ha impuesto de ser cuidadosa de su casa entonces el peligro aumenta, como si la providencia retirara la protección prometida para cuando permanecen dentro del hogar.


Cuando el Ángel del Señor preguntó a Abraham dónde estaba Sara, el patriarca contestó: "Aquí en la tienda" (Génesis 18:9). Lo mismo se espera de las hijas de Sara.

Amén.

P.Oscar Arocha, www.ibgracia.org

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