sábado, 12 de junio de 2010

Meditación del 12 de Junio

“El que reprende al hombre, hallará después mayor gracia” (Proverbios 28:23).

El tema es la amistad y cómo fortalecerla, o cultivar mayor agrado con nuestro prójimo en una manera sincera, espiritual.

Hay aquí tres asuntos:(1) El deber: reprender, (2) el objeto del deber: al hombre, y (3) la recompensa: hallará después mayor gracia.

El deber es reprender. No dice injuriar, ni difamar, ni maltratar, sino reprender.

Lo cual supone que sabemos que ha cometido una falta digna de amonestación, no decimos mera falta, pues hay faltas en los amigos que el amor manda pasar por alta, sino una que demanda amonestación.

Todos somos pecadores, si somos honestos tenemos que estar preparados para recibir y administrar reprensión. El amor prohíbe el silencio. Una amistad sincera por necesidad incluye reproches para bien del alma.

Ahora bien, hay que señalar que se trata de un deber circunstancial; esto es, en una situación tal que estemos obligados a hacerlo. Que el tiempo, lugar y condiciones lo requieren, y que si no lo hacemos caemos bajo culpa de desamor.

¿En cuáles circunstancias reprender al hermano?

Con evidencias. Las faltas a reprender son conocidas y evidentes, nunca por simples sospechas. El amor otorga el beneficio de la duda, antes de formular la acusación (1Corintios 13:7). Paréntesis: consideramos aquí el reproche privado y personal, ya que el pastoral tiene otras reglas (oficio de gobernante y con otras características).


Culpa probada. La reprensión debe ser por culpa comprobada: "Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar" (Gálatas 2:11), lo mismo cuando el escándalo en Corintios: "De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación" (1Corintios 5:1).

El profeta agrega: "No argüirá por lo que oigan sus oídos" (Isaías 11:3), esto así, porque los iguales no tienen poder de castigo o disciplina sobre los otros. El fin de este deber fraternal es ganar al hermano, no censurarlo ni castigarlo, porque Cristo no le ha dado a ningún hermano ese poder sino sólo a los que gobiernan y con reglas ya establecidas en Su Palabra.

El objeto de la reprensión. ¿A cuál hombre? Al buen hombre, al hermano, al amigo que amas. A los que están en la membresía de tu congregación. Nuestras entrañas presentes en nuestras palabras. Tal cual Cristo, quien al acercarse a Jerusalén con la vara en Su mano, tenía lagrimas en sus ojos: "Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella" (Lucas 19:41).

Samuel tuvo que abandonar a Saúl, pero al dejarlo lloró (1Samuel 15:35).


No olvidemos la exhortación apostólica, porque tenemos la inclinación a cometer el mismo pecado: “Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1).

Hacer el bien es lo único que destruye el mal.

Sería crueldad espiritual apretar el dedo contra la herida del hermano sin experimentar dolor por él. Pablo es buen ejemplo: "Que cuando vuelva, me humille Dios entre vosotros, y quizás tenga que llorar por mucho de los que han pecado" (2Corintios 12:21).

Oremos que Dios se agrade en darnos gracia para cultivar un corazón así.

Amén.

P.Oscar Arocha, www.ibgracia.org

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