sábado, 11 de septiembre de 2010

Meditación del 11 de Septiembre

"Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos" (Juan 8:31).


Las palabras de Cristo son el medio designado por Dios para dar fe a los hombres.

Los apóstoles no tuvieron ningún otro medio de salvación que las Palabras de Cristo, y llama la atención que cuando da un reporte de la fe de ellos, no menciona Sus milagros, sino solo Su doctrina: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste... Las palabras que me diste, les he dado" (Juan 17:6,8). No sólo menciona la obra interna del Espíritu Santo en el alma de Sus discípulos, sino también el medio externo, las enseñanzas de Sus palabras.

"La fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo" (Romanos 10:17).

Este es el método y la manera usual en que la gracia de Dios obra sobre los corazones de los hombres.


El primer sermón que predicaron los apóstoles trajo la conversión de 3000 personas en un mismo día, la Palabra de Dios es un poderoso instrumento para que la fe obre (
Hechos 2:41).

Se puede decir que no hay fe sin conocimiento, no hay un asentir ciego, sin tener conciencia de lo que se cree: "¿Como creerán a aquel de quien no han oído?" (Romanos 10:14).

Debemos saber que Cristo es, antes de que podamos confiarle nuestras almas. Hubo un hombre ciego a quien Jesús le hizo un pregunta, cuya respuesta fue muy sensata: "Jesús oyó que lo habían echado fuera; y cuando lo halló, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El respondió y dijo: Señor, ¿quién es, para que yo crea en él?" (Juan 9:35-36). Debemos saber que Dios es.

Mientras no tengamos conocimiento de la naturaleza de Dios y los términos del pacto estaremos llenos de temores infundados. Los temores crecen y se dan en la oscuridad.


El conocimiento de fe o
salvífico depende de dos cosas que no pueden engañarnos, la revelación de la Palabra de Dios, y la iluminación del Espíritu.

Toda clase de conocimiento espiritual no es suficiente para la fe, sino el sano y verdadero conocimiento. La Biblia enseña acerca de una forma de conocimiento y una forma de piedad. La luz de la luna alumbra, pero no calienta. La luz de la fe es obrada por el Espíritu de Dios y además es transformadora.


Obrada por el Espíritu. Puede haber conocimiento que nos llega por medio del mero sermón o los libros, que en verdad brillan mucho en la mente, pero es luz débil y borrosa. Brilla con la luz de otros hombres: "Ellos decían a la mujer: Ya no creemos a causa de la palabra tuya, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo" (Juan 4:42).

Hay enseñanza de los hombres y hay otra de Dios usando los hombres como simple instrumento.

La luz del Espíritu es de otro material, la humana no es escrita en el corazón como la de Dios, sino solo reportada al oído: "Pondré mis leyes en la mente de ellos y en sus corazones las inscribiré" (Hebreos 8:10). La verdad es escrita por el dedo del Espíritu, la otra es reportada por los hombres.

No es lo mismo ver a Dios y las cosas de Dios en la luz del Espíritu que verlo por el reporte de los hombres. Hay gran diferencia en conocer países por el mapa y libros, que conocerlos en propia experiencia.


Luz transformadora. Es luz verdadera la que sujeta nuestras codicias y purifica el corazón. El conocimiento del incrédulo es luz, pero sin fuego; puede dirigir, pero no persuade a la obediencia sincera: "En esto sabemos que nosotros le hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco y no guarda sus mandamientos es mentiroso, y la verdad no está en él" (1Juan 2:3-4;
Colosenses 3:10).

La luz que no trasforma es mera inactividad. En el Paraíso hubo un árbol de vida y uno de conocimiento, muchos prueban el árbol del conocimiento, pero no el de vida. La seguridad del amor de Dios y de la salvación de tu alma depende mucho del conocimiento espiritual.


Hermano amado, te rogamos tomar estas palabras como exhortación a esforzarte en obtener más conocimiento de Dios y del Señor Jesucristo.
Es posible que una persona tenga buen conocimiento y aun así, Dios le atribule para probarle o humillarle. Lo usual es que los creyentes con mucha ignorancia se llenan de escrúpulos, de temores infundados que deprimen y paralizan innecesariamente, cuando bien pueden evitarlo, porque la luz desvanece los temores como el sol disipa la niebla.


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

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