sábado, 10 de enero de 2009

∞ 1. PUROS DE CORAZON ∞

Jesús vino a cumplir la ley, no a destruirla. De hecho, Cristo enseña que la ley de Dios es una herramienta diagnóstica esencial. Ya sea que la observes o la rompas o que alentemos a otros, será indicación de nuestra condición espiritual. Es el estándar de valoración en el reino (Mateo 5:19,) pero no el estándar para entrar al reino de Dios.

 La ley prohíbe asesinar, por ejemplo. Sin embargo, teólogos de antaño (y de ahora!) preguntarán “y ¿qué quiere decir esto exactamente? ¿cuándo ‘asesinar’ significa asesinar?”. Discusiones y distinciones sin fin tienen el resultado inevitable de estrechar el acto de matar a ciertas situaciones y condiciones. Jesús puntualiza que esto destruye la fuerza de la palabra de Dios.

Cristo explica que el mandato no sólo prohíbe actos externos sino también cada pensamiento y palabra que busca destruir la vida de un hombre. Y más aún, como todo otro mandamiento, al prohibir una actividad Jesús enseña que deben tomarse todos los pasos necesarios en sentido contrario. En este caso, no matar por mano o por boca implica utilizar toda nuestra fortaleza para establecer relaciones correctas con todos nuestros hermanos.

Matar un hombre, ya sea su cuerpo o su reputación y carácter con ira o con palabras hirientes, son parcelas del mismo solar, de la misma enfermedad espiritual. Revelan la animosidad del corazón contra nuestro vecino.

Sí, hay ocasiones cuando el hombre es necio. Jesús mismo lo dijo (Mateo 23:17; Lucas 12:20), la Escritura nos enseña a reconocerlos (Salmo 14:1; 49:10; Proverbios 1:7,22,32). Pero aquí Jesús señala el menosprecio deliberado contra otros debido al odio y animosidad de nuestro propio corazón junto con el deseo de señorear, de dominar, sobre otros. Esto es asesinar.

 El asesinato público es casi un deporte. Los hombres construyen imperios dentro y fuera de las iglesias, sin tolerar rivales. En el espíritu de los fariseos, asumen que pueden tener manos limpias mientras destruyen la reputación ajena bajo la cubierta de “querer buscar solo la verdad”.

¡Cuán cuidadosos debemos ser con nuestro espíritu y la lengua que lo expresa! Nuestras palabras son índice de nuestra condición espiritual. No es accidental que el Nuevo Testamento nos enseñe claramente a controlar lo que decimos (Mateo 12:34; 15:18; Efesios 4:29; Santiago 3:1-12).

Tratamos con ligereza el daño que hacemos con los labios porque no vemos los cuerpos que dejamos atrás. Por eso Cristo invade nuestra caverna moral y nos dice cuán serio es este asunto a los ojos de Dios.

 THE SERMON ON THE MOUNT. Kingdom life in a fallen world. Sinclair B. Ferguson

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