lunes, 13 de septiembre de 2010

Meditación del 13 de Septiembre

"Ahora voy al que me envió. Me voy al Padre, y no me veréis mas" (Juan 16:5,10)


La fe presenta las cosa futuras como si estuviesen presentes, y en este sentido los creyentes entran al cielo antes de su tiempo.


Una de las razones para Su ausencia es probarlo al mundo. Cuando Jesús vino a los judíos se cubrió de humildad para cubrir el brillo de Su gloria y majestad, lo cual fue una prueba: "A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron" (Juan 1:11).


Para probar la obediencia de los hombres es necesario algún velo.

Si se hubiese presentado con todo esplendor, no habría prueba. Al presentarse velado, Su ministerio hecho por medio de hombres y traído de manera espiritual, entonces sí seríamos probados.

Si todos le hubiesen visto en gloria entonces la impiedad del mundo no sería descubierta ni la fe de los creyentes se habría ejercitado. Que sea así es precisamente la alabanza del Cristianismo: "Porque andamos por fe, no por vista" (2Corintios 5:7).

No ven a Cristo porque está ausente, no obstante, creen, le aman y sus corazones siguen tras El: "A él le amáis, sin haberle visto. En el creéis; y aunque no lo veáis ahora, creyendo en él os alegráis con gozo inefable y glorioso" (1Pedro 1:8).

La fe tiene ojos de águilas, puede mirar a través de las nubes. Esta es la prueba del cristiano, pueden creer y gozarse en Cristo como si le hubiesen visto con sus ojos y oído con sus oídos.

La fe les da suficiente visión y corazón para amarle.


Si Jesús hubiera continuado con Su cuerpo santo y de debilidad, tal como estuvo en esta tierra, entonces los hombres impíos habrían seguido abusando de El, maltratándole e injuriándole. Por eso, después de la resurrección solo se manifestó a Sus discípulos, a unos pocos escogidos y así partió al cielo para no ser visto nunca más, sino hasta que venga al juicio final con gloria y poder, como El mismo dijo: "Porque os digo que desde ahora no me veréis más hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" (Mateo 23:39). Esta ausencia corporal prueba al mundo.

Pero también es de consuelo y seguridad al creyente. Dijo a los discípulos: "No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros" (Juan 14:18). No los dejare sin guía, confort o seguridad, esto siempre lo tendremos de El. Y esta promesa no solo fue a los apóstoles, también alcanza a todos los creyentes, habrá la presencia constante de Cristo en Su Iglesia.

"He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20).

No importa el lugar o la ocasión donde la providencia nos ponga, tenemos la plena certeza de que el Señor Jesús estará con nosotros, Su asistencia y bendición no nos faltará, como si estuviese con uno. También es cierto para los ministros, si son diligentes en mejorar su interés en El podrán tener los mismos privilegios que tuvieron los apóstoles. Es extensivo a todos los creyentes: "Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20).

En cualquier lugar donde nos reunamos con el fin de hacer obras de la verdadera religión, Cristo estará allí, y en este sentido El nunca se aparta del creyente. Pero esta presencia espiritual no sucedería mientras no hubiera ausencia corporal, es decir que Su ausencia dio lugar a Su influencia universal.


Sobre la tierra Su carne escondió Su gloria y ahora en los cielos sigue como escondido y en parte se manifiesta por medio de Su pueblo escogido. De manera que era necesario que partiera porque esta ausencia prueba el mundo, y es un medio de consuelo y seguridad al Creyente.


Cristo es el Hijo de Dios por naturaleza, y nosotros hijos de Dios por gracia, y cuando morimos vamos al Padre, como El fue al seno de Dios. La misma bienvenida que Cristo recibió cuando partió de nosotros, la tendrán los creyentes cuando partan, porque tal cual la Cabeza ellos no dejan la vida, sino el mundo; como Lázaro quien fue uno de los nuestros:

"Murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham" (Lucas 16:22).


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

sábado, 11 de septiembre de 2010

Meditación del 11 de Septiembre

"Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos" (Juan 8:31).


Las palabras de Cristo son el medio designado por Dios para dar fe a los hombres.

Los apóstoles no tuvieron ningún otro medio de salvación que las Palabras de Cristo, y llama la atención que cuando da un reporte de la fe de ellos, no menciona Sus milagros, sino solo Su doctrina: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste... Las palabras que me diste, les he dado" (Juan 17:6,8). No sólo menciona la obra interna del Espíritu Santo en el alma de Sus discípulos, sino también el medio externo, las enseñanzas de Sus palabras.

"La fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo" (Romanos 10:17).

Este es el método y la manera usual en que la gracia de Dios obra sobre los corazones de los hombres.


El primer sermón que predicaron los apóstoles trajo la conversión de 3000 personas en un mismo día, la Palabra de Dios es un poderoso instrumento para que la fe obre (
Hechos 2:41).

Se puede decir que no hay fe sin conocimiento, no hay un asentir ciego, sin tener conciencia de lo que se cree: "¿Como creerán a aquel de quien no han oído?" (Romanos 10:14).

Debemos saber que Cristo es, antes de que podamos confiarle nuestras almas. Hubo un hombre ciego a quien Jesús le hizo un pregunta, cuya respuesta fue muy sensata: "Jesús oyó que lo habían echado fuera; y cuando lo halló, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El respondió y dijo: Señor, ¿quién es, para que yo crea en él?" (Juan 9:35-36). Debemos saber que Dios es.

Mientras no tengamos conocimiento de la naturaleza de Dios y los términos del pacto estaremos llenos de temores infundados. Los temores crecen y se dan en la oscuridad.


El conocimiento de fe o
salvífico depende de dos cosas que no pueden engañarnos, la revelación de la Palabra de Dios, y la iluminación del Espíritu.

Toda clase de conocimiento espiritual no es suficiente para la fe, sino el sano y verdadero conocimiento. La Biblia enseña acerca de una forma de conocimiento y una forma de piedad. La luz de la luna alumbra, pero no calienta. La luz de la fe es obrada por el Espíritu de Dios y además es transformadora.


Obrada por el Espíritu. Puede haber conocimiento que nos llega por medio del mero sermón o los libros, que en verdad brillan mucho en la mente, pero es luz débil y borrosa. Brilla con la luz de otros hombres: "Ellos decían a la mujer: Ya no creemos a causa de la palabra tuya, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo" (Juan 4:42).

Hay enseñanza de los hombres y hay otra de Dios usando los hombres como simple instrumento.

La luz del Espíritu es de otro material, la humana no es escrita en el corazón como la de Dios, sino solo reportada al oído: "Pondré mis leyes en la mente de ellos y en sus corazones las inscribiré" (Hebreos 8:10). La verdad es escrita por el dedo del Espíritu, la otra es reportada por los hombres.

No es lo mismo ver a Dios y las cosas de Dios en la luz del Espíritu que verlo por el reporte de los hombres. Hay gran diferencia en conocer países por el mapa y libros, que conocerlos en propia experiencia.


Luz transformadora. Es luz verdadera la que sujeta nuestras codicias y purifica el corazón. El conocimiento del incrédulo es luz, pero sin fuego; puede dirigir, pero no persuade a la obediencia sincera: "En esto sabemos que nosotros le hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco y no guarda sus mandamientos es mentiroso, y la verdad no está en él" (1Juan 2:3-4;
Colosenses 3:10).

La luz que no trasforma es mera inactividad. En el Paraíso hubo un árbol de vida y uno de conocimiento, muchos prueban el árbol del conocimiento, pero no el de vida. La seguridad del amor de Dios y de la salvación de tu alma depende mucho del conocimiento espiritual.


Hermano amado, te rogamos tomar estas palabras como exhortación a esforzarte en obtener más conocimiento de Dios y del Señor Jesucristo.
Es posible que una persona tenga buen conocimiento y aun así, Dios le atribule para probarle o humillarle. Lo usual es que los creyentes con mucha ignorancia se llenan de escrúpulos, de temores infundados que deprimen y paralizan innecesariamente, cuando bien pueden evitarlo, porque la luz desvanece los temores como el sol disipa la niebla.


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

viernes, 10 de septiembre de 2010

Etica piqui piqui

La de cualquiera que se dedica a preguntas quisquillosas como, por ejemplo, si fue correcto que Rahab le mintiera a la policía de Jericó y así por el estilo.
Cuán trágico es que se pierdan en discusiones como éstas, sin llegar a alcanzar la verdad de Rahab (Josué 2:8-13).

Naturalmente, el Nuevo Testamento no cae en esta clase de trampa. De modo consistente enfatiza la fe de Rahab (Hebreos 11:31; Santiago 2:25).

Joshua. No falling words.
DR Davis, pp26

Meditación del 10 de Septiembre

"Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese" (Juan 17:4).

Este versículo es parte de la oración sacerdotal de nuestro Salvador, hecha horas antes de Su muerte. Es notable que el Señor Jesús, por Su fidelidad y pureza, camina hacia este sacrificio de forma confiada, de donde aprendemos que para morir bien, antes debemos vivir bien, o que para morir consolados y en paz, hemos de tener como nuestro mayor cuidado en glorificar a Dios mientras estamos sobre la tierra.


¿Cómo glorificar a Dios en todo?

En relación con las criaturas la gloria de Dios tiene dos aspectos: Por un lado es pasiva, o que Dios se glorifica a Sí mismo sobre ellas, es activa cuando la criatura de forma consciente y voluntaria busca honrar la Palabra del Señor. Como ejemplo de gloria pasiva: "Ciertamente la ira del hombre te glorificará" (Salmo 76:10).

Faraón fue levantado para mostrar la gloria de Dios; tal como el poder y valor de un gobernante se manifiesta en la rebelión de los súbditos, y la destreza de un médico por lo grave de una enfermedad. Tal manera de glorificar sólo glorifica a Dios, pero no beneficia al hombre.

La gloria activa, en cambio, es cuando nos entregamos de corazón a hacer lo que Dios manda para que El sea magnificado y tenido en cuenta entre los hombres: "El que sacrifica alabanza me honrara" (Salmo 50:23). Las alabanzas o el reconocerle en público como en privado son una forma de dar gloria. Las cosas en la creación manifiestan el poder y la deidad del Creador, pero nosotros como criaturas racionales y redimidas podemos hacer más que eso, podemos hablarla, cantarla y explicarla a otros hombres como una invitación a que hagan lo mismo: "Te alaben, oh Jehová, todas tus obras; Y tus santos te bendigan" (Salmo 145:10).

También, cuando sujetamos nuestra voluntad a la Suya, porque nuestras obras glorifican más al Señor que nuestras palabras: "Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre, de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo" (2Tesalonicenses 1:11-12).


Muchos podrán hablar buenas cosas de Dios, pero si sus corazones no están sujetos a Él entonces honran a Dios con sus alabanzas pero le deshonran con sus vidas.

Dios es muy glorificado en la obediencia de las personas. También le glorificamos cuando estudiamos cómo agradarle: "Para que andéis como es digno del Señor, a fin de agradarle en todo; de manera que produzcáis fruto en toda buena obra y que crezcáis en el conocimiento de Dios" (Colosenses 1:10).

Es una honra para el maestro cuando sus alumnos se esfuerzan en complacerle.


En la providencia podemos glorificarle, por ejemplo cuando preferimos Su gloria a nuestra comodidad, Su honra que nuestra complacencia.

Así fue con Cristo: "Ahora está turbada mi alma. ¿Qué diré: Padre, sálvame de esta hora? ¡Al contrario, para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: ¡Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra vez!" (Juan 12:27-28).

Los hijos de Dios deben tener siempre presente que están para anunciar las virtudes de Cristo en este mundo, y así como hay empresas que anuncian sus productos entre los clientes por medio de los comerciales de TV, del mismo modo los creyentes: "Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable" (1Pedro 2:9).

La vida de un Cristiano fiel es un himno viviente a Dios.


Quiera el Señor darnos Su bendición y que cuando lleguemos al final de la jornada, a la hora de la muerte, podamos decir sin fingimiento como dijo el apóstol:

"Porque nuestro motivo de gloria es este: el testimonio de nuestra conciencia de que nos hemos conducido en el mundo (y especialmente ante vosotros), con sencillez y la sinceridad que proviene de Dios, y no en sabiduría humana, sino en la gracia de Dios" (2Corintios 1:12).


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

jueves, 9 de septiembre de 2010

Meditación del 9 de Septiembre

"Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad" (Santiago 2:12).


La Ley en las manos de Cristo es una ley de libertad.


¿Qué es una ley?

"No estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo" (1Corintios 9:21). Toda ley tiene un yugo, pero el del cristiano es ligero y fácil de llevar. Es cierto que no hay rigor, pero sí una beneficiosa regla: "Oh hombre, el te ha declarado lo que es bueno" (Miqueas 6:8).

La aceptable voluntad de Dios es descubierta en la Ley y la parte moral de las Escrituras no es sino el comentario de ella. Es imperativo, pues no hay ley que no sea obligatoria por definición: "La ley es santa y el mandamiento justo, santo y bueno" (Romanos 7:12).


Requiere obligación perpetua, pues si la ley no fuera obligatoria entonces no habría pecado, ya que "el pecado es transgresión de la ley" (Juan 3:4).

La conciencia natural se sentiría ofendida por esta doctrina, haría que el crimen, el incesto y el adulterio no fueran pecado. Por esta razón la ley no es sino un vano concepto de ciertos hombres profanos quienes piensan tontamente que el evangelio nos libra de la obligación de la ley, porque hemos sido librados de la maldición de ella.

De ser así todas las obras serian adoración voluntaria y el pecado un pasatiempo inofensivo.


Hay un tratado o convenio de libertad comprado por Cristo.

Hemos sido librados de la ley, como un pacto de obras. No estamos atados al rigor y exactitud que requiere. La vida y la gloria no han sido ofrecidas en términos tan estrictos. Hemos de procurar exactitud en la obediencia, pero no para desesperar si no lo alcanzamos.

La exactitud de obediencia es por amor, aunque no para salvarnos. Un buen corazón no puede ofender al buen Dios sin dolerse por la ofensa. Tenemos más ayuda y ventaja, por esto debemos ser cuidadosos con el deber: "Si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos" (Filipenses 3:11).

La obediencia requerida no es como sirvientes, sino como hijos: "Y los perdonaré como el hombre que perdona a su hijo que le sirve" (Malaquías 3:17).


Libertados somos de la maldición y de la condenación. La ley puede condenar las acciones pero no las personas de los creyentes. Para ellos el juicio es sobre las cualidades de las obras, no sobre la personas. Ellos, nos dicen las Escrituras: "Están muertos a la ley (Gálatas 2:19).

Por eso dice el apóstol: "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1).

Somos librados de la ira de la ley: "El pecado tomando ocasión del mandamiento" (Romanos 7:8). Cuando al corazón carnal se le prohíbe algo, entonces aumenta su deseo, se pone peor, como las aguas cuando su curso normal se detiene que se desbordan. Pero el corazón en la gracia, humilde se somete y es motivo suficiente para el deber.


Somos librados de la esclavitud y el miedo. Por naturaleza todos los deberes del humano son hechos por un principio de esclavitud: "Pero no hemos recibido el espíritu de esclavitud para estar en temor" (Romanos 8:15). En el Antiguo Testamento el principio del deber y adoración era el temor: "El todo del hombre es temer a Dios y guardar sus mandamientos" (Eclesiastés 12:13). Pero en el NT el principio es el amor: "El amor de Cristo nos constriñe" (2Corintios 5:14), "Este es el amor, que guardemos sus mandamientos" (Juan 5:2).


Esto nos muestra lo ligero y fácil del yugo de la ley de Cristo, la ley de la libertad para el creyente. Para otros es ley del rigor, de muerte y esclavitud. Los creyentes podemos "servirle sin temor" (Lucas 1:57), esto es, sin miedo esclavizante. El cristiano es elevado por sentimientos santificantes, motivos de gracia y consideraciones de gratitud.

Mira a ti mismo si estás en Cristo. No te incomodes con el mandamiento, sino del pecado. Servimos al Señor Jesucristo por amor, él nos amo primero y nosotros le hemos correspondido, él es el esposo amado de nuestras almas.

Los que son de Cristo marchan bajo la bandera del amor y los privilegios del evangelio y cuando vengan a ser juzgados, lo serán por los términos del evangelio: El Juez que los juzgara será su Hermano Mayor, el mismo que murió por ellos en la Cruz del Calvario.


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

domingo, 5 de septiembre de 2010

sábado, 4 de septiembre de 2010

Meditación del 4 de Septiembre

"¿Acaso nos desechará el Señor para siempre? ¿Ya no volverá a ser propicio? ¿Se ha agotado para siempre su misericordia? ¿Se han acabado sus promesas por generación y generación? ¿Se ha olvidado de ser clemente? ¿En su ira ha cerrado su compasión?" (Salmos 77:7-9).


No será extraño en los creyentes que en tiempos de aflicción piensen que Dios los ha dejado y no regresara más. Si se enferman esperan ser sanados, si perseguidos esperan ser librados, pero cuando se sienten abandonados por Dios casi siempre piensan que El no volverá nunca más.

En esta clase de situación es que se da el terreno apropiado para que estas conclusiones de incredulidad crezcan.


Dios, quien conoce lo que somos, que no sabemos construir buenos pensamientos de El en tales momentos, nos da la respuesta apropiada para anular ese "nunca" con un "no siempre".

Leamos algunos textos directamente de Su propia Palabra: "Compasivo y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo... Porque el necesitado no será olvidado para siempre, ni la esperanza de los pobres perecerá eternamente... Porque no he de contender para siempre, ni para siempre he de estar airado, pues se desmayaría delante de mí el espíritu y las almas que he creado" (Salmo 103:8-9; Isaías 57:16;Salmo 9:18). No solo responde con promesa de librar al afligido de su aparente abandono sino que acentúa el "no para siempre".


¿Ha leído usted en las Escrituras que Dios haya abandonado totalmente a un hombre?

Es cierto que David lo fue por un tiempo, pero nunca se ve en David espíritu malo o de envidia. En cambio Saúl, fue aborrecido por el Señor y en seguida vino un espíritu malo que lo poseyó, tal espíritu fue de envidia, malicioso, perseguidor de los santos.

Cuando Dios abandona, por el otro lado vendrá Satanás y lo tomará para que odie a Dios en el objeto de Su pueblo. Cuando el Señor se marcha, Satanás entra.


De aclaración, un hombre creyente puede ser abandonado por Dios momentáneamente y Satanás venir con tentaciones, como en el caso de Job, que llegó a
maldecir el día de su nacimiento y el mismo David al censar el pueblo (2Samuel 24:1). Con los incrédulos es diferente, pues no vendrá un espíritu de tentación sino un espíritu perseguidor como hizo Saúl con el pueblo de Dios. Comenzó a echar veneno contra David y todo lo relacionado de David.

Dios nunca abandona a nadie que esté siendo iluminado por el Evangelio, sino que la persona abandona primero a Dios. El ejemplo bíblico es Saúl, y note como le dijo el profeta Samuel: "Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, el también te ha desechado" (1Samuel 15:23).

En el verdadero creyente, aun cuando no tenga en su corazón total sentido del amor de Dios, se esforzará para que el pecado no siga aumentando. Sabe que no es perfecto, pero está claramente persuadido que Dios sí lo es.


Hay dos maneras de reaccionar ante el abandono de Dios, los santos se duelen del solo hecho de ser abandonados, los incrédulos temen por el hecho egoísta de perder sus posesiones materiales.

Saúl llegó al extremo de recurrir a adivinación (1Samuel 28:15). Pero mire cómo habló David: "¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá mas a sernos propicio?" (Salmo 77:7), pensando más bien en la comunión con el Señor que en el hecho de ser rey.


Cuando el incrédulo es abandonado por Dios es entregado a una mente reprobada (
Romanos 1:24,28); se entregan a la inmundicia. En cambio los santos gimen de tristeza para que Dios vuelva a ellos. Cristo jamás ha abandonado un hombre en cuyo corazón haya dejado Sus bondades y muebles espirituales, ese santo deseo de mejorar su conducta piadosa.

Sabemos que si alguien sale de su hogar y se lleva todas sus pertenencias, se puede concluir que se mudó definitivamente. Pero si sale solo, sin sus pertenencias, es claro que volverá. Ha dejado su esposa, hijos, etc., no se ha mudado, se ausentó brevemente.

Del mismo modo, si sientes que Cristo se ha ido pero ha dejado en tu corazón el deseo de que vuelva, el deseo de amarle, admirarle, orarle, entonces ten por seguro que el Señor volverá a tu alma. Salió de viaje, pero sus pertenencias están ahí, dentro de ti.


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

viernes, 3 de septiembre de 2010

¿Cuál método?

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La siguiente conversación ocurrió entre DL Moody (el conocido predicador de antaño) y uno de sus críticos:


El crítico: "Sr Moody, no creo que su manera de evangelizar sea muy efectiva."


Moody: "Es cierto. Seguro que puedo mejorar. ¿Cuál método usa usted? Me gustaría saberlo y aprender cómo hacer mejor mi trabajo."


El crítico: "Oh, yo no tengo un método particular ahora mismo."


Moody: "Vaya, entonces seguiré usando el mío mientras tanto."


Ray Ortlund. Christ is deeper still blog.

Meditación del 3 de Septiembre

"Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quien buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime donde lo has puesto, y yo lo llevaré" (Juan 20:15)


Un verdadero creyente puede estar entregado a la búsqueda de Dios, y aun así estar deficiente. Maria amaba con profundo amor al Señor Jesús, pero lo amaba como un maestro de
las Santas Escrituras, como un maestro de Israel, no como en verdad ahora El es, el Cristo resucitado.

Su búsqueda y anhelo era correcto pero insuficiente, porque si bien Cristo era maestro en Israel, en verdad era mucho más que eso.

El amor de Maria era innegable, indiscutible, pero con deficiencia de luz. Incluso para amar a Cristo como debe ser amado necesitamos ayuda. Pero Cristo por su misericordia nos tomará como un carbón del campo y nos pulirá para producir diamante.

En los contactos que el creyente tenga con el Señor Jesús, siempre será instruido.


María había oído la grandeza del Señor, había visto sus portentos y milagros, había escuchado sus celestiales sermones y sobre todo había experimentado en sí misma el perdón de sus pecados. Su alma había sido curada, gozo vino a su corazón, pero con todas esas bendiciones dentro de ella no podía ver las cosas como debían ser vistas.

De cierto que el corazón natural no puede hacer nada para Dios, porque uno pensaría que estaba en condiciones de producir por ella misma buenos frutos para Dios, pero no, sin Cristo nada podemos hacer. No hay luz en el creyente a menos que Dios la ponga. Nadie puede encontrar a Cristo sin la ayuda del Espíritu y la Gracia de Dios. (Juan 6:44).


Cristo demanda saber de Maria cuál es el objeto de su deseo. El sabía muy bien la razón de su tristeza, no obstante le hace la pregunta: "¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?" (v.15).

Ella le llamaba Maestro, El entonces ejerce su oficio instruyéndole.

Pero esto no solo fue con ella, sino también con otros, porque todos los tratos de Cristo para con los suyos están llenos de buen significado y ricas instrucciones.

El ciego de Jericó: "Respondiendo Jesús le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista" (Marcos 10:51).


Cristo favorecerá a los hombres de acuerdo a la fe de ellos. Es la voluntad de Dios que le hagamos conocer nuestro pedido específico, no para informarle, sino para que así califiquemos para la misericordia que necesitamos.

El marinero debe acercar el bote a la costa, nunca pretenderá que la costa se acerque al bote.

Así mismo es con las misericordias de Dios, nosotros nos acercamos a ella, no ella a nosotros.

Los favores de Dios son como montañas que siempre están ahí, y la montaña no se acerca a uno, sino que uno va a la montaña.


Este suceso en la vida de Maria no es tanto, "buscad y hallareis", sino "pedid, y se os dará". Procuremos, pues, que cuando busquemos o pidamos algo de Cristo no haya deficiencia en nuestros deseos, porque a menos que la deficiencia sea cubierta no recibiremos lo que estamos buscando.

Pero es muy consolador saber que nuestras oraciones serán encaminadas y llevadas hasta la perfección por el mismo Cristo, porque El es propicio a nuestras debilidades y se deleita en hacernos el bien.


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

jueves, 2 de septiembre de 2010

Solo en Cristo

Meditación del 2 de Septiembre

"Y dijo Israel a José: No pensaba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha hecho ver también tu descendencia" (Génesis 48:11).


Jacob ahora está ciego, no puede ver ni siquiera sus propios hijos, aun así su corazón está lleno de gozo y su boca llena de alabanzas para con Dios.

Saboreó la ternura del Señor en el abrazo que dio a sus dos nietos. Atribuye toda su felicidad al favor divino. Un abuelo cualquiera puede gozarse con sus nietos, pero los gozos de esta escena están santificados, son mucho más dulces, pues no solo ve sus hijos, sino también el favor de Dios en ellos. Sus sentidos y conciencia hicieron fiesta y alegraron el corazón de este buen hombre.


A veces vemos incrédulos ricos alegrarse con la abundancia de sus bienes y agregan esta vana expresión a su alegría: "tengo estos bienes gracias a Dios", quisieran que el Creador celebre con ellos sus riquezas injustas, cuando en verdad nunca han servido a Dios sino a las riquezas. Tienen el gozo de sus posesiones, pero no el de sus conciencias, no es gozo santo sino carnal.
Están seguros que tales bienes injustos no provienen de la bendición del Creador, sus propios corazones les dicen que han vivido de espaldas a Su Palabra.

El gozo santo es fruto de obediencia por fe, pues mientras Esaú se divertía con mujeres impías, Jacob en cambio esperaba en Dios aguardando la promesa de herencia eterna, y ahora Dios le visita con su bendición. ¡Cuán feliz es la muerte de los santos!


Es probable que para esta fecha el patriarca ignorase de cual de sus hijos habría de venir el Mesías, y al ver este cuadro de amor del abuelo hacia sus nietos, uno se pregunta: ¿Por qué Jacob amaba tanto a José?

Por varias razones, pero en sentido general es posible que haya sido una razón de fe.

La esposa de su corazón fue Raquel, y el mayor de Raquel fue José, podemos suponer con buenas razones que Jacob llegase a pensar que de José vendría el Mesías, y tal pensamiento puede acentuarse ahora con todo lo que ha ocurrido y cómo José ha venido a ser como un salvador. De ser así, su inclinación por José no fue simple capricho, sino causado por fe en la promesa de Dios de enviar un Redentor a la casa de Israel.


La alegría por causa de la fe del patriarca debe haber sido de inefable gozo: "Y dijo Israel a José: No pensaba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha hecho ver también tu descendencia" (v11).

Este sentido cobra mas notoriedad si tenemos en cuenta que el apóstol, cuando se refiere a los héroes de la fe y su vida ejemplar, no menciona la bendición de los otros hijos, sino solo esta: "Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado en el extremo de su bordón" (Hebreos 11:21).


No resulta difícil imaginar el gozo de la fe de este buen hombre a la hora de la muerte. Tanto fue su deleite que olvidó por completo su ceguera: "Dios me ha hecho ver también tu descendencia" (v11). El gozo de la fe nos hace olvidar debilidades, y actuamos como si los impedimentos fuesen eliminados. Ciertamente que la fe en Cristo no conoce de barreras insalvables.

Lo mismo sucedió con Rode cuando Pedro fue liberado de la cárcel milagrosamente: "Y ella de gozo no abrió la puerta" (Hechos 12:13-14).

Doblemos nuestras rodillas en oración y roguemos así: “Señor, auméntanos la fe.”


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mente cristiana

Es una "mente entrenada, informada, equipada para manejar datos de controversia secular dentro de un marco de referencia construído con presuposiciones cristianas."

Dentro de las "marcas" esenciales de una mente así encontramos:
(1) orientación sobrenatural -esto es, que mira más allá del tiempo presente a la eternidad, más allá de la tierra al cielo y al infierno, y mientras tanto habita un mundo que Dios creó, sostiene, y por el cual se preocupa grandemente;

(2) conciencia de la maldad -esto es, por el pecado original están pervertidas hasta las cosas más nobles, convertidas en instrumentos de vanidad hambrienta;

(3) concepción de la verdad -esto es, seguridad de la revelación divina que es inalterable;

(4) aceptación de la autoridad -esto es, lo que Dios ha revelado requiere de nosotros "no una atadura de igual a igual", sino sumisión;

(5) interés por la persona -esto es, reconocer el valor de la personalidad humana en contraste a la servidumbre a la máquina;

(6) temperamento sagrado -por ejemplo, reconocer el amor sexual como uno de los instrumentos más eficientes de Dios para que el hombre abra su corazón a la realidad.

Harry Blamires, citado por John Stott,
Issues Facing Christians Today, pp.59

Meditación del 1 de Septiembre

"Jesús clamó a gran voz, diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46).


Una esposa sufriría si es abandonada por su marido, porque lo natural es que el marido esté, la consuele y sustente; ellas sufren mucho por el desamor de ellos.

Para Cristo lo natural fue disfrutar del consuelo y solaz de Dios Padre, por eso gritó con tanta vehemencia: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". El sentido de amor y consuelo del Padre le fue retirado, no se quejó que los discípulos le abandonaran sino que Dios lo dejara, ahí su dolor del alma.

Por causa de este abandono Cristo mucho sufrió, porque los hombres pierden tan sólo una gota de disfrute cuando les falta algo pero Cristo, al no tener el consuelo del Padre, perdió un mar de consuelo. Mientras mayor el disfrute, mayor es el dolor por la falta o pérdida.

Perder la luz de una linterna es poca cosa, pero perder la luz del sol es una desgracia.

Para Cristo, Dios-Hombre, su pérdida era mayor que cualquier otra imaginable. Y sin embargo, a pesar de sus dolores no renunció a su oficio.


Los hijos de Dios solo han conocido una pequeña porción del amor de Dios que ha sido derramado en sus corazones, y prefieren perder la vida y todo el mundo que ser separados del Señor. Cristo como Dios-Hombre tenia un entendimiento puro, afecciones celestiales y excelentes contemplaciones del amor divino, el dolor suyo es incomparable con el dolor que podamos imaginar cuando fue abandonado por Dios Padre. Como no conocemos ese valor, tampoco somos sensibles al dolor de tal desamparo.

Además, las aflicciones de Cristo fueron mayores que las de un creyente, porque los dolores del creyente son para prueba o corrección pero los del Señor fueron para dar satisfacción a la justicia divina, recibir en su ser la venganza de Dios contra nuestros pecados. Si los hombres luego buscan venganza, cuánto más debiera hacerlo Dios contra seres que han pecado en Su contra.

Por nuestras faltas Cristo fue temporalmente abandonado para luego ser recibido por siempre.


Cristo sufrió en lugar del pecador y todos los dolores del pecado cayeron sobre El, había una deuda de los transgresores para con Dios y el cobro debía ser saldado en su totalidad, se requería restitución completa de la suma adeudada. La justicia divina cayó con todo su peso sobre el ser del Señor Jesús en cobro por nuestros pecados.

El peso del pecado cayó todo sobre El: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte."(Mateo 26:38). Los efectos de sus aflicciones fueron claramente vistos en el sudor de su cuerpo: "Su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra."(Lucas 22:44).

Marcos dice: ".... comenzó a entristecerse y angustiarse."(Marcos14:33).

En otro lugar leemos: "Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente."(Hebreos 5:7).

Sus sufrimientos fueron parte del fuego en el cual nuestro sacrificio fue quemado, al ser Jesucristo crucificado por la voluntad de Dios: "Hecho por nosotros maldición."(Gálatas 3:13).


Solemos tener pensamientos muy débiles del pecado y de la ira de Dios que el pecado merece. Cristo tiene otros pensamientos del mal y su castigo. Cuando Dios viene a tratar con El en nuestro lugar, nosotros, que no conocemos el poder de la ira de Dios, no somos afectado con ella, porque nuestro entendimiento es muy débil con tal ira. Pero cuando el Padre cayó sobre Jesús con toda su fuerza, esto fue propiamente como dice el profeta: "Las aflicciones de su alma."


Aprendemos la grandeza de la obligación que tenemos con Cristo. El fue molido en nuestro lugar. La justicia divina lo decretó así: Hijo, tu debes tomar un cuerpo de hombre y sufrir. La sangre humana debe mancharte, debes ser formado como uno de ellos, sufrir, ser tentado, ser desamparado por Dios Padre, y soportar mi ira; y he aquí su respuesta: "Entonces dije: He aquí que vengo oh Dios, para hacer tu voluntad."(
Hebreos 10:7).

!Oh cuán amante Salvador es el Señor Jesucristo!


Cualquier queja, murmuración o impaciencia bajo la cruz que nos haya puesto el Señor, es signo de que no tenemos el debido sentido de los sufrimientos de Cristo y que valoramos y amamos muy poco lo que El padeció en nuestro lugar.

No fue asunto fácil reconciliar pecadores con Dios; costó a Cristo un mar de dolores y aflicciones, el terrible peso de la ira del Creador con todas sus fuerzas sobre El.

Somos excesivamente descuidados con la salvación de nuestras almas, algo que para Cristo fue muy difícil, duro y doloroso, salvarnos del dominio del pecado y llevarnos a tener comunión con Dios.

Sea, pues, la exhortación apostólica para ti y para mí: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor".


Amén.

P.Oscar Arocha; www.ibgracia.org